
ACADEMIA DE FISIOTERAPIA DE LA COMUNIDAD VALENCIANA
ILMO.SR. DR.
¿RESPIRA… RESPIRA LENTA Y PROFUNDAMENTE.`
Dra. Laura López Bueno
Leídos el 5 de MARZO de 2026
VALENCIA
- EXCMO SR PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE FISIOTERAPIA DE LA Comunitat Valenciana, DON Pedro Rosado Calatayud
- EXCMA SRA Vicerrectora de Sostenibilitat, Cooperació i Vida Saludable de la Universitat de València, DOÑA Pilar Serra Añó
- EXCMO SR Vicerrector de Estudiantes y vida universitaria de la Universidad CEU-Cardenal Herrera, DON Francisco Javier Montañez Aguilera
- Ilustrísimo SR VICEPRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE FISIOTERAPIA DON Jose Ángel González Domínguez
- Ilustrísima Sra. SECRETARIA GENERAL de la Acadèmia de Fisioteràpia de la Comunitat Valenciana, DOÑA María Dolores Arguisuelas Martínez
AUTORIDADES, MIEMBROS DE LA JUNTA DE LA ACADEMIA, COMPAÑEROS, AMIGOS, FAMILIARES, SEÑORAS Y SEÑORES
Hoy tengo el honor de entrar a formar parte de la academia de fisioterapia de la Comunitat Valenciana, con profunda gratitud y humildad, y con la certeza de que mi nombre es solo el representante de un esfuerzo colectivo. Este ingreso no es un acto individual, es la culminación del trabajo, la pasión y la generosidad de muchos colegas, mentores, compañeros, amigos y familia que me han acompañado en mi camino. Cada uno de ellos sabe perfectamente que está en mi corazón.
A continuación, leeré mi discurso de entrada a la academia, en forma de relato, TITULADO:
RESPIRA… RESPIRA LENTA Y PROFUNDAMENTE.
Octubre de 2020
La orden era un eco inútil en el caos de mi pecho.
Un temblor silencioso, como un alud interno, recorrió mi cuerpo. Mi corazón se agitaba contra las costillas, un tambor desbocado, completamente ajeno a la razón o a mi voluntad. El aire, ese elemento vital que antes fluía sin esfuerzo, se había encogido en la garganta, negándose a entrar, reticente a salir. El universo se había reducido a un latido desordenado, a un parpadeo, a una inhalación que siempre parecía más larga y costosa de lo que debía ser.
Cerré los ojos, tratando de encontrar el centro, de respirar hondo: inhalé llenando un vacío, conté hasta tres, exhalé despacio. Pero esa espiración llevaba consigo un temblor invisible, una vibración que sacudía el alma misma. Los sonidos del entorno se volvieron ecos de una lejanía interior; el tic-tac del reloj, el murmullo de pasos, el golpeteo de mi propio pulso, eran señales de que el mundo seguía girando sin mí. El miedo no era ya una sombra, sino una presión luminosa y tangible que me invadía, sentí cómo el espacio entre mi pecho y el cielo se había reducido, como si caminara por un túnel que se estrechaba sin remedio.
Al volver aquí, al Hospital, todo resurgió. Recordé el día del ingreso como si estuviera filmado en una película inconexa: la fiebre que no cedía, la sensación de que algo malo ocurría dentro de mí y el mundo que antes conocía se alejaba sin previo aviso. La habitación de la UCI estaba en silencio, rota solo por la sinfonía incesante de los aparatos. Es extraño cómo el silencio puede ser tan pesado, tan denso, en medio de tanto ruido técnico.
El dolor que realmente me consumía no era físico, no, era un agujero que se abría dentro de mí, profundo y vacío. Sentía que la solidez de mi ser, era solo una ilusión que se desvanecía. Yo era un cuerpo conectado, una colaboración entre mi estructura y artificios metálicos que me sostenían. Mi respiración ya no era mía; era prestada. En esas primeras semanas no existía ni día ni noche, solo horas dilatadas en un limbo. Mi mente giraba en círculos, buscando una luz que no lograba encontrar: «¿saldré de aquí?», «¿es una pesadilla?». Y sin poder articularlo, temía que la respuesta no fuese a agradarme.
El cuerpo se rendía poco a poco. La movilidad se evaporó, los músculos se debilitaron, y mis pulmones cedieron todo protagonismo al ventilador. Hubo un día en que mi saturación bajó demasiado, el ventilador cambió de modo y desperté entre el terror y el aliento ajeno. Pensé: «¿Me voy a difuminar en este lugar y nadie lo notará?». Todo lo que yo era antes estaba en suspenso. No había energía para imaginar, solo para existir.
Fue en ese punto de rendición —cuando ya había aceptado que mi vida quizás no tendría un «después normal»— que apareció una figura distinta entre los fragmentos de rostros y siluetas tras visores, queriendo resplandecer tras equipos de protección individual. Una fisioterapeuta. Entraba en mi burbuja de aislamiento con una sensación de calma y determinación que las máquinas no podían ofrecer. En un cuerpo que me pertenecía pero al que ya no reconocía, ella encontraba pequeños gestos de supervivencia. Y me enseñó que esos gestos podían ser la clave para volver.
Aunque al principio me resistía —mi cuerpo estaba exhausto, mi mente aletargada, mis esperanzas mínimas—, su persistencia era gentil, convirtiendo lo pequeño en monumental. Me avisaron: «Hoy vamos a probar algo». Y yo, tan débil, tan extenuado, respondí sin saberlo: sí.
Sentarse al borde de la cama fue el primer hito, un profundo acto de voluntad. Apoyé los pies en el suelo gastado, por primera vez en semanas, y sentí el vértigo de volver a ocupar espacio. El temblor vino después: piernas que se agitaban, oxígeno que bajaba, mi mente gritaba «para». Pero algo había cambiado: mi cuerpo sabía que estaba haciendo algo propio, no solo algo que me hacían. En ese momento entendí que la fisioterapia era una cita ineludible conmigo mismo, una reivindicación de que aún estaba aquí.
En medio de esa oscuridad, esta disciplina se convirtió en un acto de rebeldía silenciosa. Cada respiración forzada, cada paso titubeante, cada esfuerzo para levantar un brazo eran pequeñas revoluciones contra el virus y contra la pasividad. Las técnicas cardiorrespiratorias fueron esenciales. Ella aplicaba maniobras de despeje de secreciones, trabajos de respiración diafragmática, ejercicios de expansión torácica. Lentamente, la barrera entre mi tórax y el aire se redujo. Con cada inhalación consciente, con cada exhalación que soltaba algo más que aire —soltaba miedo, desgaste, incertidumbre—, el aliento y yo volvíamos a encontrarnos. El momento cumbre fue intentar dar un paso, apoyado en un andador. Mi cuerpo quiso detenerse por el miedo a caer, pero ella estaba ahí, sujetando, firme, diciéndome: «Podremos». Y lo hice. Y sentí la liberación de que quizá podría andar otra vez. El impacto emocional fue gigantesco; caminar no era solo desplazarme, era regresar.
Poco a poco, su presencia, su paciencia, su empatía, su envoltura, su atención, se volvieron un ancla. Aun cuando yo no recordaba su nombre, sabía su voz, sabía sus ojos. Ella detectaba sutilmente cuándo empujar y cuándo esperar, cuándo insistir y cuándo brindar pausa. Esa sensibilidad me hizo sentir que yo no era una estadística, sino una persona que importaba.
Aquel esfuerzo físico me recordó que yo era más que un paciente pasivo, era un protagonista que tenía que participar, que trabajar, que levantarse. La fisioterapia no solo movía miembros, también despertaba voluntad.
Progresivamente iban apareciendo logros imperceptibles, pero fundamentales. Instantes mágicos que se grababan en mí como una purificación. Fue un triunfo silencioso, pero rotundo. Y ahí comprendí que la fisioterapia no era un lujo, era un puente entre la devastación y la posibilidad, una necesidad vital.
Cuando más adelante pude abandonar la cama y caminar por la habitación, aunque solo fueran unos metros, algo cambió. Vi el suelo debajo de mis pies, sentí el balanceo del cuerpo, el latido acelerado del corazón. Y apareció una sensación que casi no recordaba: libertad. Pequeña, frágil, pero presente. La sentí. Casi la olí: el oxígeno subió, el corazón dejó de cabalgar…
Un día, 3 meses más tarde, ya fuera de la UCI, en una habitación de una planta del hospital, ya con luz natural, llegó el momento de un leve reconocimiento. Ella entró en mi nueva habitación, nueva sólo porque yo aún no había estado allí. Me miró, y nuestros ojos —los suyos aún protegidos-, los míos ya acostumbrados a verla detrás de visores— se cruzaron. Su voz, tan suave, tan firme, dijo mi nombre. Y yo por un momento dejé de ser «el paciente» para ser «yo».
La recuperación no había sido solo técnica, había sido acompañamiento. Con cada sesión nueva, la fisioterapia dejó de ser mera rehabilitación para convertirse en ritual de vida. Me negaba el rol de «paciente crónico» y me devolvía al de «persona que vive». La debilidad no es un destino, es una condición a superar. No quiero olvidar lo mal que lo pasé, pero tampoco quiero ser prisionero de ese antes. La fisioterapia me dio la llave para no quedarme atrapado en aquel capítulo. Cada día de movimiento es una victoria.
Hoy, 4 años después, regreso al hospital con pasos que llevan el eco de mi propia ausencia. La puerta automática se abre y el olor a desinfectante, me atraviesa como un viejo espejo. Me detengo y reconozco los pasillos, los monitores, el murmullo tenue de instrumentos que ya no me sostienen, pero que seguro que se acuerdan de mi nombre. En ese instante, el paciente que fui y el hombre que soy ahora chocan en esta nueva realidad. Intuyo que vengo con un pedazo de piel renovada, pero aún con miedo. Reconocer que estuve tan mal. Reconocer el ahora.
Me siento en la sala de espera de Rehabilitación. Voy a ser atendido por una fractura reciente, de húmero. No hay tubos ni ventilador. Es un escenario distinto al de la UCI, pero la memoria vuelve como un círculo a los peores momentos vividos. Veo muchas personas. La sala de espera funciona casi como un umbral simbólico: antes de entrar, parece que aceptamos que sanar implica tiempo, disciplina y la guía de otro. Presiento una dimensión colectiva cautelosa. Aunque casi no se habla, se comparte una comprensión tácita: todos estamos allí por una interrupción de la normalidad. La espera se vuelve un espacio de observación mutua, de comparación involuntaria y, a veces, de alivio al ver avances ajenos que anticipan los propios. Es como un imaginario de tránsito. Pensamos en movilizaciones, en las manos del fisioterapeuta, en ejercicio terapéutico, en aparatos que alivian el dolor…
Entonces, la veo. Cuatro años después del ingreso. Es ella. La oigo.
Su voz se vuelve reconocible del todo, su rostro, apenas visible al principio, aparece sin mascarilla. «Hola», dice. Mi corazón salta. La que me vio en mi peor estado, la que me sostuvo con sus técnicas, y con su humanidad, está ahí, enfrente de mí.
Por un momento todo se detiene. Me quedo sin aliento, no por el virus esta vez, sino por la emoción del reencuentro.
Frente a ella, me doy cuenta de algo: no estoy solo. Y que si pudo verme y ayudarme entonces, yo puedo verme ahora, seguir viviendo, seguir moviéndome. Le sonrío, mi voz susurra gracias, y levanto la mano. No solo para saludarla, sino para saludarme a mí mismo, al «yo» que sobrevivió, al «yo» que volvió. Me siento invadido por una compleja mezcla de gratitud, vulnerabilidad, alivio y el temor silenciado.
En ese momento, el tiempo parece encogerse. Mi cuerpo recuerda, no la técnica del ejercicio, sino la presión de su mano en mi espalda cuando me ayudó a sentarme, el tono de su voz que decía «vamos» cuando yo solo quería rendirme. Es la memoria emocional, la que responde.
Ella está de pie, revisando unos papeles. Levanta la vista. Me mira. Su voz se vuelve reconocible del todo, y su rostro, que antes solo conocía por la calidez detrás del plástico, aparece sin protecciones.
Entonces, rememoro sus palabras, y RESPIRO… RESPIRO LENTA Y PROFUNDAMENTE, y me atrevo a preguntar:
— ¿Eres tú? — Mi voz es apenas un susurro que lleva el peso de cuatro años.
Ella me sonríe con emoción en sus ojos.
— «Hola,» dice, con esa calma firme que jamás olvidaré.
Y le doy las gracias. Gracias a TODOS los fisioterapeutas que nos ayudaron a volver a tener identidad, a volver a SER en un mundo que ya no ERA.
Y YO DIGO GRACIAS compañeros, amigos, FAMILIA y gracias a la fisioterapia, a la Academia, por hacer que mi vida tenga un sentido especial, un camino de ayuda, comunicación, motivación, confianza y empatía. GRACIAS por permitirme que, con mi profesión, avance en la parte más íntima de mi persona.
