
ACADEMIA DE FISIOTERAPIA DE LA COMUNIDAD VALENCIANA
ILMO.SR. DR.
¿QUÉ HACES, MAMÁ?
BUSCANDO EL CAMINO DE LA FISIOTERAPIA QUE QUEREMOS DEJAR
Dra. Lirios Dueñas Moscardó
Leídos el 5 de MARZO de 2026
VALENCIA
Este discurso está dedicado a mi hija.
Y también a todas las generaciones que vienen detrás.
Y quiero decirlo desde el principio, para que se entienda bien:
mi hija aparece aquí no como un gesto íntimo,
sino como un símbolo.
El símbolo de quienes heredarán
la fisioterapia que hoy construimos;
de quienes algún día preguntarán —como preguntan los niños—
por qué hicimos lo que hicimos.
Porque cuando son pequeños
no siempre entienden nuestro trabajo.
Y porque quizá algún día
necesiten saber
qué defendimos,
qué intentamos corregir,
y qué quisimos cuidar.
En el fondo,
todo lo que voy a contar hoy
gira alrededor de una sola pregunta:
qué fisioterapia queremos dejar
a quienes vienen detrás.
Pero antes de entrar en el relato, permítanme unos agradecimientos breves.
Hoy tengo el honor de recibir esta medalla que lleva mi nombre…
Pero quiero decir algo con absoluta claridad: esto no es un logro individual.
Hoy estoy aquí en representación de muchas compañeras y compañeros de batalla.
De quienes han pensado, discutido, dudado y construido conmigo.
Quique, Sofía, Paco, Pilar, Mercè, Marta, Arturo… Alejandro…, Fede y Miguel Ángel, …
y también muchas otras personas que no nombro, pero que saben que están.
Y también estoy aquí en representación de quienes vienen detrás.
De una generación que pisa fuerte.
De mis doctorandas —Nicole, Irene, Silvia—
y de tantos estudiantes a quienes se ha cuestionado
como si fueran frágiles, de cristal.
Yo discrepo.
No son de cristal.
Son una generación de robles.
Con raíces profundas,
capaces de resistir tormentas, sequías y pandemias,
y de seguir preguntándose sin perder sensibilidad.
Y si hoy estamos aquí es también gracias a quienes nos precedieron.
A nuestros maestros y maestras.
Fisioterapeutas que investigaban menos que nosotros —no porque no quisieran, sino porque en aquella época no se podía—,
pero profundamente clínicos:
tocaban, enseñaban y defendían la profesión con el corazón.
Lucharon cuando muchos no creían en la fuerza de nuestra disciplina.
Por todos vosotros, hoy este asiento lleva mi nombre,
pero no me pertenece solo a mí.
Ahora sí.
Cuando mi hija era más pequeña —y aún hoy—
a veces me miraba y me preguntaba:
“¿Tú qué haces, mamá?”
Y muchas veces, mientras se lo explicaba,
yo misma seguía intentando entenderlo.
Y yo le contestaba cosas simples.
Que trato.
Que enseño.
Que investigo.
Que coordino…
Pero la verdad es que eso no explica nada.
Por eso escribo esta carta.
Para que, dentro de unos años, pueda entender
qué hacía realmente su madre
cuando ella aún no podía comprenderlo.
Y qué hemos hecho quienes,
con la misma pasión,
hemos dedicado nuestra vida a esta profesión.
Y para responder a esa pregunta,
tenemos que pensar cómo hemos tratado…
cómo hemos aprendido a hacerlo mejor,
y también en qué nos hemos equivocado.
Yo pertenezco a una generación de fisioterapeutas clínicos.
De los que han tocado pacientes.
De los que han aprendido con las manos antes incluso de tener respuestas claras.
Las manos nos definieron durante mucho tiempo.
Y con razón.
Fueron nuestra primera forma de evaluar.
Después llegaron los avances científicos,
la comprensión del dolor,
el ejercicio terapéutico.
Y eso fue —y sigue siendo— un paso fundamental
para nuestra práctica clínica.
Pero como ocurre a veces, el avance corre el riesgo de convertirse en moda.
Y el ejercicio, cuando se convierte solo en consigna,
puede hacernos olvidar algo importante:
que mover no es lo mismo que implicarse de verdad.
No basta con prescribir, con pautar.
No basta con contar series y repeticiones.
DIAPOSITIVA: Frase proyectada:
El contacto humano modula el cerebro
Nazareth Castellanos
Con los años hemos aprendido algo esencial:
que no solo tratamos tejidos.
Tratamos historias.
Aprendimos que no solo importa lo que hacemos,
sino cómo lo decimos,
qué expectativas generamos,
qué miedos despertamos
y qué confianza somos capaces de sostener.
Hoy sabemos, también desde la neurociencia,
que el contexto no es un añadido,
sino una parte activa del tratamiento.
Que las palabras pueden aliviar,
pero también pueden cronificar.
Que educar no es un complemento.
No es añadir información:
es generar comprensión.
Y que educar también es tratar.
Hoy sabemos que la relación terapéutica
y la forma en que acompañamos
modulan el cerebro
y participan en los procesos de recuperación.
DIAPOSITIVA: Frase proyectada:
“El dolor tiene sentido cuando entendemos la historia de la persona”
Louis Gifford
Durante años, fisioterapeutas como Louis Gifford
nos ayudaron a entender
que el dolor no podía separarse
de la historia de quien lo sufre.
Ese fue uno de los grandes legados
de este cambio de paradigma.
Y este cambio no nos alejó de las manos,
pero sí nos obligó a recolocarlas.
Sin embargo, como ocurre a veces cuando aprendemos algo importante,
muchos de nosotros —y yo entre ellos—
nos desplazamos demasiado deprisa al otro extremo.
En el intento de no reducirlo todo al tacto,
terminamos dejando de tocar.
Y ahí estuvo el error:
pensar que el ejercicio y la explicación podían, por sí solos,
sustituir lo que las manos significan.
Y ese fue el otro movimiento del péndulo.
DIAPOSITIVA: Frase proyectada:
“No puedo enseñar nada a nadie; solo puedo hacerles pensar.”
Sócrates
Ojalá, cuando leas esta carta,
hayamos aprendido a integrar.
Igual que tú has ido integrando, con los años,
lo que antes no entendías.
Nosotros también estamos buscando —con más voluntad que certezas—
el camino de la ciencia.
Y no es sencillo.
Investigar exige dudar,
desmontar lo que creíamos seguro,
aceptar que no siempre tenemos razón.
La ciencia no es un lugar cómodo.
Es un camino en construcción.
Y aprendemos a recorrerlo
sin perder la esencia de lo que somos.
Ya lo intuía Sócrates hace siglos:
educar no consiste en transmitir respuestas,
sino en acompañar a otros a descubrir las suyas.
Y quizá por eso nunca he entendido
la clínica y la universidad
como mundos separados.
En ambos casos, acompañamos procesos.
He tratado de ser coherente en todos los lugares que he habitado:
en la camilla, en el aula, en la investigación y en la gestión.
Porque, al final, lo que hacemos también enseña.
Acompañar, cuidar y pensar con responsabilidad.
Eso es lo que he intentado transmitir
a mis pacientes,
a mis estudiantes
y a mis compañeras y compañeros.
DIAPOSITIVA: Frase proyectada:
“Curar a veces, aliviar a menudo, acompañar siempre.”
Edward Trudeau
Hoy sé que tratar no es solo aplicar conocimientos y técnicas.
Y quizá por eso esta profesión no se ejerce únicamente con formación,
sino desde la vocación.
Con esa disposición interna
que nos lleva a estar presentes,
a sostener los procesos,
a escuchar de verdad.
Porque tratar también es esto:
mirar a los ojos,
escuchar sin prisa,
no reducir a una persona
a una resonancia o a un diagnóstico.
Especialmente cuando trabajamos con dolor crónico.
Con cuerpos —en mi caso, muchas veces de mujeres—
que durante demasiado tiempo fueron silenciados.
Y ahí entendemos algo esencial:
que cuidar no se reduce a lo que sabemos hacer.
Muchas veces
lo más terapéutico
no es una técnica,
sino no dejar sola a la persona que sufre.
Vivimos una época que mira —con razón—
hacia la tecnología,
hacia la inteligencia artificial,
hacia la eficiencia.
Y debemos hacerlo…
Es el mundo en el que estáis creciendo…
Pero hay algo que ninguna tecnología
podrá replicar del todo.
Mientras haya una persona con dolor
delante de nosotros,
intentando entender lo que le ocurre,
mientras alguien necesite ser tocado con respeto,
mirado con atención,
escuchado sin prisa,
seguiremos siendo insustituibles.
Y cuando pienso en el futuro,
no lo hago como una aspiración,
sino como una responsabilidad compartida.
Porque los grandes problemas de salud
no se resuelven desde una sola disciplina.
Se construyen entre varias miradas
que aprenden a trabajar juntas.
Y cuando eso ocurre,
nadie pierde.
Todos ganamos.
Cuidar de las personas —de verdad—
exige cooperación, escucha
y generosidad profesional.
Yo entiendo la Academia como un lugar de responsabilidad.
Un espacio para pensar la fisioterapia como rama sanitaria,
custodiar su identidad
y orientar su evolución mientras avanza.
Por eso este ingreso no lo vivo como un reconocimiento al pasado,
sino como un compromiso con el futuro.
Con una fisioterapia científica, sí,
pero también profundamente humana.
Con manos que saben tocar.
Con palabras que no dañan.
Con profesionales que miran a los ojos.
Porque, en el fondo, la pregunta es sencilla:
qué fisioterapia queremos dejar
a quienes vienen detrás.
Y quizá lo que realmente importa
sea no olvidar para quién la estamos construyendo.
Este discurso está dedicado a mi hija
y a todas las generaciones que vendrán.
Para que algún día puedan mirar atrás
y saber que intentamos construir una fisioterapia
más científica,
más consciente,
más justa
y verdaderamente centrada en las personas.
Y aunque mi vocación sea acompañar,
tú siempre serás
a quien más quiero cuidar.
Porque el cuidado
no es solo una profesión.
Es una forma de estar en el mundo.
Con todo mi amor,
MAMÁ.
