ACADEMIA DE FISIOTERAPIA DE LA COMUNIDAD VALENCIANA

Leídos el 5 de marzo de 2026

VALENCIA

Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades,
Miembros de la Academia,
Queridas compañeras y compañeros, familiares y amigos:

Es para mí un honor profundamente sentido pronunciar estas palabras de contestación a la Dra. Laura López Bueno.

Hablar de Laura es hablar, sin duda, de excelencia académica.

Pero, sobre todo, es hablar de humanidad.

Porque Laura es de esas personas que no hacen ruido, pero dejan huella en las personas que la conocemos.

De las que no buscan el foco, pero iluminan el camino de quienes la rodeamos.

Lleva en sus apellidos casi una declaración de principios: López, tan común que se desliza sin llamar la atención, como ella misma, que elige la discreción y la humildad antes que el protagonismo;

y Bueno, que no es solo un apellido, sino una definición precisa de lo que representa.

Porque Laura es buena en el sentido más amplio de la palabra: bondadosa sin alardes, tierna en los gestos pequeños, firme y ética en su manera de estar en el mundo.

Pasa desapercibida para quien mira deprisa, pero quien tiene la fortuna de conocerla descubre en ella, a una profesional excelente, rigurosa y comprometida.

De esas que dignifican cualquier institución en la que trabajan. En ella, López y Bueno no son solo nombres: son una forma de ser.

Se diplomó en Fisioterapia en 1995 y, movida por una inquietud intelectual poco común, amplió su formación con estudios en Comunicación Audiovisual.

Culminó su doctorado —con la máxima calificación— en el ámbito de la fisiología cardiovascular, una línea que ha marcado toda su trayectoria investigadora posterior.

Paso a paso, fue construyendo una carrera universitaria que la ha llevado a alcanzar la cátedra.

Pero lo verdaderamente admirable no es la meta alcanzada, sino la coherencia del camino recorrido.

Su trayectoria ha sido sólida, constante y rigurosa desde el inicio. Ya en 1996, su paso por el Instituto de Biomecánica de Valencia marcó un primer hito profesional en el que se intuía una combinación poco frecuente: curiosidad científica, vocación docente y compromiso con la aplicabilidad real del conocimiento.

Allí comenzó a integrar la investigación, la docencia y la práctica como un procedimiento que acabaría definiendo toda su trayectoria profesional.

Inquieta por naturaleza, nunca se conformó con lo aprendido. Sus estancias en otras universidades y centros de investigación ampliaron horizontes, fortalecieron redes y enriquecieron su mirada científica.

Esa voluntad de crecer, de contrastar y de compartir conocimiento ha sido una constante en su trayectoria.

A lo largo de estos años ha estado involucrada en numerosos proyectos de investigación competitivos, nacionales y europeos, con un eje común muy definido: el ámbito cardiovascular, la fisiología del ejercicio y la recuperación cardiaca.

Esa dedicación sostenida, rigurosa y comprometida la ha convertido en un referente en este campo. No solo por la calidad de sus publicaciones o por los reconocimientos obtenidos, sino por su capacidad de trasladar la investigación básica a la mejora concreta de la vida de las personas con enfermedad cardiovascular.

Laura investiga con la cabeza, pero también con el corazón.

Su vinculación permanente con el Hospital Clínico Universitario de Valencia no es un detalle curricular más: es la expresión de una convicción profunda. La universidad no puede vivir de espaldas a la clínica. Y la clínica necesita del rigor universitario.

En ese puente constante entre ambos mundos, Laura ha construido su identidad profesional, integrando evidencia, asistencia y docencia con naturalidad y coherencia.

Y no solo ha alcanzado la excelencia investigadora, sino también clínica, obteniendo el máximo grado de reconocimiento en Sanidad.

Pero más allá de la brillantez investigadora y clínica, hay algo que la define todavía más.

Laura no solo acompaña procesos académicos.

Acompaña a personas.

Y ese modo de acompañar no nace solo de su vocación profesional, sino también de su experiencia vital.

Laura es la mamá de Daniela, a quien todos en la facultad conocemos y adoramos. Y ha construido su trayectoria académica conciliando la exigencia de la universidad, la responsabilidad clínica y la intensidad investigadora con el cuidado cotidiano que implica la maternidad.

En ella, la conciliación no es un concepto teórico ni una reivindicación abstracta: es una práctica silenciosa y constante, sostenida con amor y coherencia.

Ese modo de cuidar, que nace en lo personal, se proyecta también en su vida académica.

Está al lado de sus estudiantes en todas sus fases.
Les recibe cuando apenas saben dónde están, cuando comienzan su formación llenos de dudas e incertidumbres.
Les guía en el Practicum,

en las experiencias de movilidad internacional, en sus primeros pasos clínicos.


Les orienta cuando empiezan a definir su vocación y su proyecto profesional.


Y continúa junto a ellos cuando dan los pasos más decisivos.

Sus exalumnos la recuerdan como la cara amable y cálida de la facultad. En sus ojos sentían un interés sincero, no solo académico, sino profundamente humano. Siempre accesible, siempre dispuesta, su despacho fue para muchos un espacio seguro donde sentirse escuchados y acompañados.

Esa misma manera de estar en el mundo la lleva también a acompañar a sus pacientes, a quienes considera parte de su propia historia profesional y vital, tal y como ha expresado con tanta delicadeza en el relato que nos ha regalado en su discurso de ingreso.

En sus palabras hemos reconocido una manera de entender la fisioterapia como vínculo, como responsabilidad compartida y como un acto de cuidado que transforma tanto a quien lo recibe como a quien lo ofrece.

También ha estado presente en los días más importantes de las vidas académicas de muchos de nosotros:  en las defensas de tesis doctorales, concursos a plazas, acreditaciones.

Ha asistido a más de cincuenta defensas. Un número que quizá poco importa a las agencias de evaluación, pero que dice mucho —muchísimo— de su persona.

Porque nadie la obliga a estar allí.
Y, sin embargo, siempre está.

Está para escuchar.

Está para sostener.

Está para celebrar.

En esta misma línea, Laura ha asumido responsabilidades que no siempre cuentan para los currículos, que no siempre suman puntos en las evaluaciones externas y que muchas veces nadie quiere asumir.

Comisiones, coordinaciones, tareas invisibles pero imprescindibles para que una institución funcione.

Y lo ha hecho sin buscar protagonismo.

Porque a Laura no le importa la medalla.

Le importa aportar.

Le importa que el proyecto común avance.

Siempre en segundo plano, impulsando a otros, alentando a quienes empiezan y haciendo que las personas que están cerca de ella brillemos más, sin esperar nada a cambio.

Laura ha recibido varios premios por su calidad investigadora, pero cuando le preguntas por el premio que más ilusión le ha hecho, sin duda responde que fue el que le hicieron sus alumnos cuando la eligieron Madrina.

Ese premio fue un reconocimiento profundo a su cercanía, a su capacidad de acompañar y a su manera de enseñar desde la exigencia y la ternura al mismo tiempo.

Laura es, para muchos, una madre académica.

Una presencia que protege sin invadir.

Que orienta sin imponer.

Que exige desde la confianza.

Que defiende desde la lealtad.

En un entorno académico que a veces puede volverse competitivo y distante, ella ha elegido otro camino: el del compromiso desde el cuidado.

Y quizá la prueba más evidente de la huella que deja allá donde va fue el día de su toma de posesión como catedrática. Nunca se ha visto tanta gente acompañando una plaza.

Porque quienes conocemos a Laura no podemos dejar de quererla.

Porque su logro lo sentimos como propio.

Porque su éxito es el resultado de una vida entregada a los demás.

Querida Laura,

Tu ingreso en esta Academia no reconoce únicamente una trayectoria brillante en investigación cardiovascular, ni una carrera docente ejemplar, ni una gestión comprometida.

Reconoce una manera de estar en la profesión.

Reconoce a una mujer leal, generosa e íntegra.

A una profesora que forma con rigor y con ternura.

A una investigadora que trabaja con ambición científica y responsabilidad ética.

A una compañera que sostiene sin hacer ruido.

Gracias, Laura, por recordarnos que la excelencia no está reñida con la compasión;
que el liderazgo puede ejercerse desde la humildad;
y que la verdadera autoridad nace del cuidado.

Hoy, a través de tu discurso, hemos descubierto una nueva faceta: la de una escritora capaz de conmovernos, de detenernos y de hacernos reflexionar.

Con ese “respira…, respira lenta y profundamente”, nos invitas a hacer una pausa y a volver a lo esencial.

De algún modo, el mundo “respira…, y respira un poco mejor gracias a personas como tú.

La Academia se honra hoy al recibirte.


Muchas gracias